Las mujeres se acuestan desesperadas, a rumiar un libro. Hacen una pausa para tocarse, vuelven sin ánimo a su lectura, imaginando un rostro para cada personaje, un acento, un color de los espacios, un marco temporal. Mezclan en la historia, imágenes de su último fin de semana de sexo, insomnio y cuidados a un paciente desconocido.
Luego se abalanza sobre ellas la certidumbre de la soledad, el patrón repetido encuentro a desencuentro, impulso tras impulso. La cuerda está suelta y ellas quieren saltar hacia ningún lugar, abismales, fantasmagóricas, irresueltas. Clavando un poema en la puerta del cuarto, para soñar con el con el amor que jamás las alcanza.
