miércoles, 25 de septiembre de 2013


Las mujeres se acuestan desesperadas, a rumiar un libro. Hacen una pausa para tocarse, vuelven sin ánimo a su lectura, imaginando un rostro para cada personaje, un acento, un color de los espacios, un marco temporal. Mezclan en la historia, imágenes de su último fin de semana de sexo, insomnio y cuidados a un paciente desconocido.
Luego se abalanza sobre ellas la certidumbre de la soledad, el patrón repetido encuentro a desencuentro, impulso tras impulso. La cuerda está suelta y ellas quieren saltar hacia ningún lugar, abismales, fantasmagóricas, irresueltas. Clavando un poema en la puerta del cuarto, para soñar con el con el amor que jamás las alcanza. 


De cuando me indigno sintiéndome tan pasiva

Estamos condenadas las mujeres a ser poesía, no poeta,
así con todas las artes y las luchas.

En el imaginario de esos seres
legitimados por su sexo para el dominio,
estamos relegadas al pasivo papel de Penélope, de Ofelia.

Ellos conquistan* y nosotras calladas esperamos irredentas en la torre.
Y si como Lilith, elegimos la senda de la rebelión,
el sino es el de la soledad y la vergüenza.

Una vagina pensante es un corazón desbocado hacia el exilio.


*Conquistas espirituales, intelectuales, profesionales, artísticas, sociales, políticas.